Creo recordar ese día de viento, el día que le conté mis secretos a una gota de lluvia que corría por la ventana. El día que me envolví en mi manta negra, me senté frente al portátil blanco y escribí en color azul claro. Escribí lo que sentía por esa persona. Con palabras simples y claras, mientras sentía como si me hubieran arrancado el corazón y solo me quedara un hueco sangrante y doloroso en el pecho, que me quitaba la respiración.
Mientras contaba mis penas a una triste página del procesador de textos, las lágrimas corrían por mis mejillas. De vez en cuando, miraba por la ventana y veía las copas de los árboles mecidas por el viento, algún que otro gato negro en los tejados de las casas alejadas y quizás a algún inocente niño correteando por la calle, ajeno a la vida que le espera.
Y seguí escribiendo, sin nada mejor que hacer. Porque era algo para él. Algo que terminaría leyendo.
Imprimí la carta, firmada como Zero, y la guardé en un sobre granate, escribiendo su nombre en la parte frontal y sellándolo con lágrimas en los ojos.
Recuerdo que al día siguiente llevaba el sobre en la mano derecha. También recuerdo que lo vi. Respiré con profundidad y bajé la mirada, dejando caer el sobre a su lado. Lo miré a los ojos, sus ojos, y salí corriendo hacia el frente, sin escuchar que me estaba llamando, diciendo que se me había caído el sobre. Corrí en contra del viento y de la lluvia, sin importarme que mis ropas se pasaran por agua y se helaran. Pues mi vida se había ahogado y mi corazón se había congelado.
Y desaparecí para siempre. Y él ya no volvió. No sé si leyó mis secretos. No sé si supo apreciar el amor que puse en aquella carta. Lo que sí sé es que no supo cual era mi nombre, solo fui un chico más.
Recuerdo que me dolió.
Recuerdo que me mató.
Zero.



Yo no le escribiré carta alguna, es mi secreto y así se quedará durante mucho, sin que él se entere...
ResponderEliminarNo veas como me ha sentado el texto, me he emocionado y todo.