La lluvia caía en el exterior, en la noche más fría de aquel Diciembre. Las gotas de agua impactaban contra el cristal de la ventana del cristal de aquella casa, impidiendo la vista desde el interior. La habitación estaba desordenada, era caótica. Los libros que habían estado en las estanterías ahora estaban adornando el suelo, con sus páginas arrancadas. Las sábanas de la cama estaban sobre el escritorio y el ordenador que había encima de él estaba roto en el suelo. Los cristales del vaso que él había estrellado contra el espejo, permanecían a los pies de la cama, junto a los restos de una lámpara que jamás volvería a dar luz.
Él estaba sentado en la cama, con una camiseta negra, unos vaqueros y nada en los pies. Sus manos sangraban d
el golpe con el vaso en la mano. Sus ojos cristalinos ahora eran perlas rubíes, sangrantes, destrozadas. En el colchón se estaba formando una gran mancha rojiza, la cual olía a óxido y a diversos materiales más.
Se abrazó las piernas en la semi oscuridad del piso, proyectando una fea sobra sobre la pared que había a sus espaldas.
Parpadeó un par de veces, conteniendo las lágrimas. Después, con un esfuerzo soberando, se puso de pié sobre el colchón y gritó. Un alarido desgarrador, desolado, amargo, que retumbó varias veces por la casa y que el tamborileo de la lluvia no pudo enmudecer. Las lágrimas corrieron por sus mejillas y cayeron a sus pies como pequeñas esquirlas de hielo, haciéndole daño.
Se dejó caer de nuevo y miró el techo, llorando desconsoladamente, pero sobretodo, en soledad.
Estaba solo y no había nadie con él. Lo había perdido todo de la noche a la mañana. Todo lo que había amado había muerto en una carretera a las afueras de la ciudad, desangrándose tras una fuerte colisión.
Susurró su nombre en el silencio, antes de quedarse inconsciente. Su corazón lentamente se fue parando, entrando en un sueño del que no despertaría hasta la mañana anterior. Era el tiempo muerto, donde los actos no dolías. Era el momento donde un corazón herido de muerte podía poner puntos a sus sangrantes heridas.
Él estaba sentado en la cama, con una camiseta negra, unos vaqueros y nada en los pies. Sus manos sangraban d
el golpe con el vaso en la mano. Sus ojos cristalinos ahora eran perlas rubíes, sangrantes, destrozadas. En el colchón se estaba formando una gran mancha rojiza, la cual olía a óxido y a diversos materiales más.Se abrazó las piernas en la semi oscuridad del piso, proyectando una fea sobra sobre la pared que había a sus espaldas.
Parpadeó un par de veces, conteniendo las lágrimas. Después, con un esfuerzo soberando, se puso de pié sobre el colchón y gritó. Un alarido desgarrador, desolado, amargo, que retumbó varias veces por la casa y que el tamborileo de la lluvia no pudo enmudecer. Las lágrimas corrieron por sus mejillas y cayeron a sus pies como pequeñas esquirlas de hielo, haciéndole daño.
Se dejó caer de nuevo y miró el techo, llorando desconsoladamente, pero sobretodo, en soledad.
Estaba solo y no había nadie con él. Lo había perdido todo de la noche a la mañana. Todo lo que había amado había muerto en una carretera a las afueras de la ciudad, desangrándose tras una fuerte colisión.
Susurró su nombre en el silencio, antes de quedarse inconsciente. Su corazón lentamente se fue parando, entrando en un sueño del que no despertaría hasta la mañana anterior. Era el tiempo muerto, donde los actos no dolías. Era el momento donde un corazón herido de muerte podía poner puntos a sus sangrantes heridas.



El amor duele, siempre. Pero también te da cosas buenas. Sobretodo cuando tiene de por medio terrones de azúcar, camas y callejones con gentes inoportunas. ^^
ResponderEliminarSaludos de colores =)
Escribes tan bien...
ResponderEliminarSoledad, desamor, muerte... Qué gran cóctel y qué bonito, acabas de plasmarlo detalle por detalle. Un 10 ^^
ResponderEliminarCuídate hermanito <3