La habitación estaba tímidamente iluminada por las dos lámparas de las mesitas de noche situadas a ambos lados de la gran cama de matrimonio, con soporte de madera y un colchón ni muy duro ni muy blando. A lo lejos, el equipo de música emitía la canción de Disenchanted de My Chemical Romance y, en un tono más bajo, la presentadora del telediario hablaba sobre la muerte de alguien importante para los de su familia, pero indiferente para el resto de miles de millones de personas del mundo entero.
En el salón, él dejó el vaso de whisky en la mesa que tenía enfrente y apagó la televisión desde el botón rojo del mando, dejándolo después a su lado. Miró la pantalla apagada. Se estaba quedando helado: los pantalones vaqueros se estaban empezando a congelar y el frío se colaba por su camisa abierta.
Miró por encima del hombro, observando la habitación iluminada por las lamparitas, que tenía la puerta entreabierta. En su mente aparecía el dilema moral de si entrar y ver como se sucedían las cosas o simplemente quedarse a dormir como cualquier cosa en el sofá, ése tan rojo y cómodo.
Con un largo suspiro, se levantó y entró en la habitación. Se pasó la mano por su pelo oscuro y la miró.
Estaba sentada en al borde de la cama, con la cabeza gacha. Sus cabellos rubios y castaños le tapaban el rostro y por supuesto, las lágrimas que recorrían sus mejillas una y otra vez.
El hombre bajó la mirada y se sentó en el otro borde de la cama, con los ojos cerrados. Suspiró y susurró.
-Lo siento.
Ella no contestó, pues estaba demasiado ocupada en no llorar como una loca y salir corriendo de aquella habitación, ya que el dolor que sentía no se podía arreglar con ningún Lo Siento, pues el perdón no soluciona las cosas normalmente. No cosas como esas, claro.
Él se dio la vuelta, gateó hasta ella y la abrazó por la espada, dándole un beso en el hombro, sintiendo su piel fría contra su pecho ardiente, semidesnudo.
-No quería decir eso, pequeña, de verdad que no quería hacerlo... -desvió la mirada y con la mano hizo que lo mirara.
-Y si no querías decirlo, ¿por qué lo has hecho?
-Porque soy idiota -suspiró y bajó los hombros.
Ella sonrió y se secó las lágrimas con la manga del jersey azul eléctrico que llevaba puesto. Se volvió completamente hacia él y rodeó su cuello con los brazos. Él cogió sus manos y, desenvolviendo el abrazo, hizo que las pusiera en su pecho caliente y, como era de esperar, ella sintió bajo su piel el latido desenfrenado de su corazón.
-¿Te sirve como disculpa? -sonrió con timidez, rodeando la cintura de la chica con sus enormes brazos.
Las manos de ella recorrieron su rostro y se pararon a acariciar sus mejillas, mientras se miraban a los ojos, con dulzura y delicadeza.
-Te quiero... -susurró, bajito-. ¿Tú me quieres?
Él sonrió y negó con la cabeza.
-No, yo te amo -corrigió, antes de fundirse en un beso largo, pasional.
La tumbó en la cama y ella le quitó la camisa, lanzándola con timidez hacia un lado. Él subió su jersey y, después, recorrió toda su figura con las yemas de los dedos, como si aquella chica fuera tan frágil que, con tan solo mirarla, pudiera romperse en mil pedazos de cristal transparente con un toque violáceo.
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Esa noche fue especial, pues los dos se demostraron su amor. No faltaron por supuesto los suspiros, los gemidos, los arañazos, las risas, los tocamientos y las miradas llenas de fuego. La piel ardiente de él se fundió con el hielo de la suya, formando un extraño ambiente vaporoso en la habitación. Aquella habitación, tímidamente iluminada con dos lámparas, ahora era iluminada por el fuego que ellos dos habían encendido en tan solo unos pocos minutos.
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Aquella noche los dos se acostaron tarde, pues al día siguiente sería sábado y no había que madrugar, por supuesto.



