sábado, 21 de noviembre de 2009

El perdón no soluciona nada.

La habitación estaba tímidamente iluminada por las dos lámparas de las mesitas de noche situadas a ambos lados de la gran cama de matrimonio, con soporte de madera y un colchón ni muy duro ni muy blando. A lo lejos, el equipo de música emitía la canción de Disenchanted de My Chemical Romance y, en un tono más bajo, la presentadora del telediario hablaba sobre la muerte de alguien importante para los de su familia, pero indiferente para el resto de miles de millones de personas del mundo entero.
En el salón, él dejó el vaso de whisky en la mesa que tenía enfrente y apagó la televisión desde el botón rojo del mando, dejándolo después a su lado. Miró la pantalla apagada. Se estaba quedando helado: los pantalones vaqueros se estaban empezando a congelar y el frío se colaba por su camisa abierta.
Miró por encima del hombro, observando la habitación iluminada por las lamparitas, que tenía la puerta entreabierta. En su mente aparecía el dilema moral de si entrar y ver como se sucedían las cosas o simplemente quedarse a dormir como cualquier cosa en el sofá, ése tan rojo y cómodo.
Con un largo suspiro, se levantó y entró en la habitación. Se pasó la mano por su pelo oscuro y la miró.
Estaba sentada en al borde de la cama, con la cabeza gacha. Sus cabellos rubios y castaños le tapaban el rostro y por supuesto, las lágrimas que recorrían sus mejillas una y otra vez.
El hombre bajó la mirada y se sentó en el otro borde de la cama, con los ojos cerrados. Suspiró y susurró.
-Lo siento.
Ella no contestó, pues estaba demasiado ocupada en no llorar como una loca y salir corriendo de aquella habitación, ya que el dolor que sentía no se podía arreglar con ningún Lo Siento, pues el perdón no soluciona las cosas normalmente. No cosas como esas, claro.
Él se dio la vuelta, gateó hasta ella y la abrazó por la espada, dándole un beso en el hombro, sintiendo su piel fría contra su pecho ardiente, semidesnudo.
-No quería decir eso, pequeña, de verdad que no quería hacerlo... -desvió la mirada y con la mano hizo que lo mirara.
-Y si no querías decirlo, ¿por qué lo has hecho?
-Porque soy idiota -suspiró y bajó los hombros.
Ella sonrió y se secó las lágrimas con la manga del jersey azul eléctrico que llevaba puesto. Se volvió completamente hacia él y rodeó su cuello con los brazos. Él cogió sus manos y, desenvolviendo el abrazo, hizo que las pusiera en su pecho caliente y, como era de esperar, ella sintió bajo su piel el latido desenfrenado de su corazón.
-¿Te sirve como disculpa? -sonrió con timidez, rodeando la cintura de la chica con sus enormes brazos.
Las manos de ella recorrieron su rostro y se pararon a acariciar sus mejillas, mientras se miraban a los ojos, con dulzura y delicadeza.
-Te quiero... -susurró, bajito-. ¿Tú me quieres?
Él sonrió y negó con la cabeza.
-No, yo te amo -corrigió, antes de fundirse en un beso largo, pasional.
La tumbó en la cama y ella le quitó la camisa, lanzándola con timidez hacia un lado. Él subió su jersey y, después, recorrió toda su figura con las yemas de los dedos, como si aquella chica fuera tan frágil que, con tan solo mirarla, pudiera romperse en mil pedazos de cristal transparente con un toque violáceo.
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Esa noche fue especial, pues los dos se demostraron su amor. No faltaron por supuesto los suspiros, los gemidos, los arañazos, las risas, los tocamientos y las miradas llenas de fuego. La piel ardiente de él se fundió con el hielo de la suya, formando un extraño ambiente vaporoso en la habitación. Aquella habitación, tímidamente iluminada con dos lámparas, ahora era iluminada por el fuego que ellos dos habían encendido en tan solo unos pocos minutos.
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Aquella noche los dos se acostaron tarde, pues al día siguiente sería sábado y no había que madrugar, por supuesto.

viernes, 20 de noviembre de 2009

When all you know fall apart.

La lluvia caía en el exterior, en la noche más fría de aquel Diciembre. Las gotas de agua impactaban contra el cristal de la ventana del cristal de aquella casa, impidiendo la vista desde el interior. La habitación estaba desordenada, era caótica. Los libros que habían estado en las estanterías ahora estaban adornando el suelo, con sus páginas arrancadas. Las sábanas de la cama estaban sobre el escritorio y el ordenador que había encima de él estaba roto en el suelo. Los cristales del vaso que él había estrellado contra el espejo, permanecían a los pies de la cama, junto a los restos de una lámpara que jamás volvería a dar luz.
Él estaba sentado en la cama, con una camiseta negra, unos vaqueros y nada en los pies. Sus manos sangraban del golpe con el vaso en la mano. Sus ojos cristalinos ahora eran perlas rubíes, sangrantes, destrozadas. En el colchón se estaba formando una gran mancha rojiza, la cual olía a óxido y a diversos materiales más.
Se abrazó las piernas en la semi oscuridad del piso, proyectando una fea sobra sobre la pared que había a sus espaldas.
Parpadeó un par de veces, conteniendo las lágrimas. Después, con un esfuerzo soberando, se puso de pié sobre el colchón y gritó. Un alarido desgarrador, desolado, amargo, que retumbó varias veces por la casa y que el tamborileo de la lluvia no pudo enmudecer. Las lágrimas corrieron por sus mejillas y cayeron a sus pies como pequeñas esquirlas de hielo, haciéndole daño.
Se dejó caer de nuevo y miró el techo, llorando desconsoladamente, pero sobretodo, en soledad.
Estaba solo y no había nadie con él. Lo había perdido todo de la noche a la mañana. Todo lo que había amado había muerto en una carretera a las afueras de la ciudad, desangrándose tras una fuerte colisión.
Susurró su nombre en el silencio, antes de quedarse inconsciente. Su corazón lentamente se fue parando, entrando en un sueño del que no despertaría hasta la mañana anterior. Era el tiempo muerto, donde los actos no dolías. Era el momento donde un corazón herido de muerte podía poner puntos a sus sangrantes heridas.

jueves, 19 de noviembre de 2009

Aquella mirada castaña...

Día 1:


Ni siquiera sé la razón por la que hago esto. No sé ni el porqué mi mente me ha dejado coger el bolígrafo y empezar a escribir en esta letra cursiva las siguientes líneas. Tal vez porque lo necesitaba, pero solo tal vez.
Me he sentido tan extraño hoy... Cuando he pasado por su lado he vuelto a notar su indiferencia, como una estaca de hielo que se clavaba en lo más profundo de mi corazón. Me ha dolido mucho esa sonrisa dulce que no iba para mí, pero supongo que no importa. Cuando me he alejado de él he sonreído con tristeza y bajado la mirada antes de que alguien se diera cuenta del rubor de mis mejillas. Él es algo tan.... grande, tan inalcanzable para mí, que me encanta. Y nunca me había pasado, y menos con un hombre. Pero eso es lo que menos importa.
Al salir por la puerta de la clase y ser yo el primero, iba pensando en mis cosas: si las cuentas habrían salido bien, en cuantos chicles de fresa me quedaban y en si el Inglés sería un buen futuro.
Pero lo que nunca hubiera imaginado es que él estuviera delante mía, observando como yo me adentraba en mi mundo. Al ver sus zapatos negros y reconocer su suéter morado he levantado la vista hasta encontrarme con la suya. Tras unos momentos en los que el reloj se paró, mis mejillas se ruborizaron por primera vez en mucho tiempo y mi corazón volvió a la vida. No sabía donde esconderme de su mirada divertida, de su risa dirigida a mí, de su inteligencia hacia la situación que había estallado meses atrás en mi mente. Después de unos minutos de desenfreno en mi pecho, él se dirigió a una clase a hablar con una profesora, compañera suya. Entonces pude respirar.
En estos momentos no sé lo que siento. Quizás Eelin tenga razón y todo se pasará y se olvidará. Pero cuesta tanto... Oh diario, tanto...
Ahora ya no pienso demasiado en eso. Solo sé que a él ya no le quedan dudas de mi amor y mi deseo; ese fue siempre mi plan, que lo supiera. Ahora solo pienso, mientras miro con aire triste por la ventana de mi oscura habitación, iluminada por el haz de luz de una vela medio consumida que, tal vez, y solo tal vez, llueva por primera vez en éste mes de Noviembre.


Zero.

miércoles, 18 de noviembre de 2009

Tengo que ser fuerte

Tengo que ser fuerte.

Tengo que ser fuerte.

Tengo que ser fuerte.

No puedo dejar de repetirme esas palabras que a veces pueden significar mucho si te las crees, pero que otras no significan nada si no son algo para ti. No me puedo resistir a visitar los lugares dónde en mi pasado te vi y que mi memoria guardó, mas tengo que dejar de hacerlo pues si no el dolor volverá. El amor es algo peligroso. Puede hacerte feliz o conducirte al destierro si la persona a la que amas no te corresponde.
Sin embargo, hay dos tipos de personas no correspondidas.
-Las que se hunden en el dolor hasta que una barrera anti emocional los rodea por completo.
-Las que simplemente son felices viendo a la persona que aman.
Yo soy del segundo tipo. Sé que nunca me corresponderás y que ninguna de esas miradas castañas será para mí. Se que tus manos no recorrerán mi cuerpo y que mis manos no recorrerán tu rostro. Sé que nuestros labios nunca se unirán y que, por lo tanto, nuestros cuerpos jamás serán uno.
Pero soy feliz, me gusta verte. Amo verte. Haces que mi día se alegre. Con tu mirada de sospecha, con tu silencio al pasar yo, con tu sonrisa pícara y romántica.
Por eso tengo que ser fuerte. Por mi felicidad.